La diplomacia profesional: declive y renacimiento

La diplomacia profesional: declive y renacimiento

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La diplomacia es un arte tan antiguo como la guerra. Ambas nacen de la misma situación: la coexistencia de comunidades con intereses distintos, a veces compatibles, y otras no. La guerra sobreviene cuando la diplomacia muere o es ignorada. Pero incluso en ese momento, la diplomacia no desaparece: se replica. Cuando llaman las armas, la diplomacia renace para redefinir las condiciones de la paz y la seguridad.

Como ha señalado Bruno Figueroa, embajador de carrera del Servicio Exterior Mexicano, en un extraordinario artículo reciente (La diplomacia hoy: condena y redención, Otros Diálogos, El Colegio de México), los gobiernos no pueden prescindir de un servicio diplomático bien conformado, sin socavar sus propios intereses. Mientras existan diferencias y asuntos de interés común entre los países, el consejo de los diplomáticos seguirá siendo indispensable.

Pero Figueroa nos hace notar que hoy se aprecia un marcado declive de la diplomacia profesional en muchos países, tan diferentes entre sí, como Argentina, Francia, Estados Unidos, o México. Menciona que los intercambios directos entre presidentes y primeros ministros tienden a relegar a segundo plano a las cancillerías. El uso más extendido de la inteligencia artificial parece reemplazar muchas de las tareas de análisis diplomático. Por otra parte, el distanciamiento de algunos líderes de sus diplomáticos profesionales es muy evidente. Por ejemplo, Trump en Estados Unidos, o Milei en Argentina, exigen ahora formalmente a sus diplomáticos que se alineen ideológicamente con su proyecto político.

Esta no es la primera vez en la historia que se teme el fin de la “diplomacia tradicional”. Hace más de un siglo, tras la devastación de la Primera Guerra Mundial, Woodrow Wilson culpó a la diplomacia europea de haber causado el conflicto, por su tendencia a la opacidad ya los pactos secretos. Su propuesta de “convenios abiertos, abiertamente acordados” dio pie a una nueva retórica de “transparencia internacional” como la esencia de la nueva era. Se habló entonces de una “nueva diplomacia” que reemplazaría a los antiguos usos y costumbres.

Algo parecido ocurrió después de la Segunda Guerra Mundial. El nacimiento de la ONU alimentó la ilusión de que nacería una nueva diplomacia que encaminaría al mundo a la concordia, la protección de los derechos humanos y el desarrollo. Pero muy pronto la Guerra Fría enfrió las expectativas. Y lo mismo ocurrió al final de ésta, a fines de los años ochenta del siglo pasado, cuando algunos imaginaron que la política de poder entre las grandes potencias sería reemplazada por la globalización económica, la democracia liberal, un mundo basado en normas, e instituciones sólidas de gobernanza global.

La noción de que la “diplomacia tradicional” va a desaparecer es recurrente. Surge cada vez que el sistema internacional experimenta transformaciones geopolíticas profundas, como está ocurriendo actualmente y, en paralelo, la polarización política se normaliza al interior de muchas sociedades. Los gobiernos con agendas de cambio más radicales tienden a desconfiar más de sus diplomáticos profesionales.

Hoy, Estados Unidos ya no quiere hablar de globalización ni de libre comercio. La lucha por el poder y el establecimiento de zonas de influencia es más abierta. Se ha transformado el lenguaje internacional. Se vuelve a hablar de geopolítica, centrada en las luchas por el poder entre los Estados. Hay una voluntad abierta de las grandes potencias de transgredir las normas y el derecho internacional. Están de regreso las guerras interestatales, como en Ucrania e Irán.

El mundo parece encaminarse hacia un sistema más multipolar, más inestable. El orden unipolar encabezado por Estados Unidos se ha erosionado, no tanto por un declive de la superpotencia, sino por el ascenso de otras potencias, y en particular de China, que tiene la capacidad de competir con Estados Unidos en casi cualquier área, excepto en el plano militar a nivel global, o con el dólar como moneda internacional.

Lo que se observa es una transformación de algunas de las caras de la diplomacia. La profesión se ha vuelto más demandante, ágil e inmediata; incorpora herramientas digitales y el análisis de grandes datos. Como en otras profesiones, ahora utiliza la inteligencia artificial para anticipar escenarios; integra expertos en energía, salud, finanzas, tecnología o medio ambiente. La negociación involucra a muchas áreas del gobierno, reguladores, empresas, científicos y ciudades. La comunicación pública se ha vuelto una actividad central para darle legitimidad.

Pero no cambia la necesidad de consejeros capaces de traducir intereses en acuerdos, de leer al otro, de encontrar zonas de convergencia en medio del conflicto. De diplomáticos expertos e intuitivos, empáticos, solidarios y conectados a la realidad de su país. Profesionales que no pueden reemplazar ninguna aplicación de inteligencia artificial.

La diplomacia no muere: se adapta. Cada crisis anuncia su final y, al mismo tiempo, acelera su renovación. Hoy no es la excepción. En un mundo más inseguro, competitivo y fragmentado, los diplomáticos profesionales tendrán que transformarse para seguir cumpliendo su función esencial: evitar que la política de poder se convierta, sin remedio, en guerra. Las formas de la diplomacia están variando, pero no su esencia como una de las funciones centrales de cualquier estado.

POR MIGUEL RUIZ CABAÑAS

DIPLOMÁTICO DE CARRERA Y PROFESOR EN EL TEC DE MONTERREY

CAMARADA

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