Fernando Jiménez Mier y Terán*: Fue elefante y se llamaba Maya

Fernando Jiménez Mier y Terán*: Fue elefante y se llamaba Maya

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me interesa por ampliar datos de la autopsia del elefante en la Universidad Nacional Autónoma de México obtuvo respuesta y escaló en emoción, el mismo día de su publicación ( La Jornada25/4/26). Por la tarde recibí dos avisos en el mismo sentido: era hembra, se trató de un elefante. Uno de los mensajes, segundo en aparecer, advirtió: “Mi hermano gemelo, Eduardo (muerto en 1975), se desempeñaba como profesor adjunto en la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia (Veterinaria). Fui a buscarlo para encontrarme con él y me sobremanera ver a la elefanta (eso me dijo mi hermano, que era hembra). Pero más me llamó la atención verlo salir de las entrañas del animal, ya que formaba parte del equipo que practicaba la necropsia”. Eso es lo que recuerda a Carlos Meza Lavaniegos, a quien agradezco su mensaje. Horas antes, yo había recibido unas primeras palabras del doctor Luis Palazuelos Platas, referido en mi artículo como probable responsable de la autopsia. Esto fue lo que escribió: “Sobre la necropsia de la elefante, su artículo me trajo extraordinarios recuerdos casi olvidados. En 1973 tenía 25 años y casi un gramo de experiencia… En ese tiempo tenía poco de titulado, y de haber comenzado a trabajar para empresas de circo, haciéndome carga de problemas médicos de animales… Pasados 10 años me convertí en profesor de asignatura de la materia de clínica de animales de zoológico… En fin, quería platicarle algo más sobre la necropsia de la elefante y ponerme en contacto con usted, ya que cita que no logró hacerlo anteriormente…” Por supuesto, le tomé la palabra, y propuse tuteo con la siguiente observación: “dicen que los peces que nadan en las mismas aguas tarde o temprano se encuentran, ha llegado nuestro momento”, y así comenzó un enriquecedor encuentro epistolar y de amistad. Gracias Luis, por acudir.

Antes de dar más señas sobre el elefante, considero relevante compartir por qué mi insistencia en contactar con el audido doctor, aunque nunca imaginé que se tratara de un hombre tan joven en 1973, solamente dos años mayor que yo. Llegué a imaginarlo como un viejo maestro universitario al frente de la necropsia. En abril de 2025 tuve la ocurrencia de personarme en Veterinaria, entré por la primera puerta que se me atravesó y planteé el caso de la autopsia a la profesora Valeria Aguilar Sánchez, quien ofreció tratar de ayudarme a esclarecer el asunto, y aunque no logró encontrar papeles con vestigios del experimento, con tino escribió el 3 de septiembre: “Me quedé pensando que quien quizás pueda saber al respecto sea el doctor Palazuelos, uno de los primeros profesores de medicina de animales de zoológico”. Busqué al interesado por cielo mar y tierra, pero, como no lo supe encontrar, mejor procedí a publicar el artículo de marras. Agradezco a la doctora Valeria su atinada intervención.

Obvio, para avanzar en el tanteo, acudí a la pedagogía de la pregunta. A continuación, un extracto –palabras más, palabras menos– lo que recordó el doctor Luis Palazuelos Platas para responder a mis interrogantes:

El elefante era de raza asiática, de unos 60 años de edad, un ejemplar grande y pesado que, como todos los demás en zoológicos y circos, había sido importado de Europa o Estados Unidos; de nombre Maya, debido a una serie de televisión en blanco y negro (las de nuestra época), en donde un joven hindú salvaba al mundo en diferentes aventuras montando a su elefante Maya. Los cirqueros copian toda clase de publicidad que puedan aprovechar y este nombre fue muy socorrido. El propietario era el Circo Manuel Ramírez; en estas empresas se utiliza casi siempre el nombre y apellido del dueño. Fue un circo pequeño, de pocos recursos, como existían muchos en esa época, trabajando en colonias, escuelas y zonas suburbanas de grandes ciudades como el Distrito Federal. No le iba mal, pero no tenía manera de crecer y con los años desapareció ya que las generaciones siguientes no tuvieron interés en seguir la tradición. Lo increíble es que tuvieran a Maya, entiendo que fue un regalo de algún amigo, no lo supe con certeza. La primera vez que vi al animal fue en una colonia perdida de Cd. Nezahualcóyotl, y me impactó aquel topo en un lugar tan abandonado que se iba poblando con dificultad y pobreza. La elefanta fue donada a Veterinaria por el dueño de la empresa, le pasé los datos; más que una necropsia, lo que buscó fue deshacerse del cuerpo, no había mejor sitio para aprovecharlo.

El animal fue trasladado sin vida a patología de la facultad, previo aviso y autorización de la jefa de departamento y autoridades involucradas; realización nada fácil ya que en ese tiempo no se contaba con el equipo necesario para ese tamaño de espécimen en las nuevas instalaciones, en el Circuito Exterior de Ciudad Universitaria. La necropsia se hizo en el patio adyacente al laboratorio de patología, para poder ir clasificando y ordenando las diferentes partes del organismo. El trabajo directo en el cadáver se llevó más de 12 horas, el resto del proceso de investigación en laboratorios tardó algunas semanas. Todo con la participación de una buena cantidad de especialistas y ayudantes, no recuerdo con claridad todo eso. El diagnóstico final fue deceso natural por la edad. Al término de la necropsia venía otro problema: ¿qué hacer con la masa sobrante? Alguna solución se encontró. Tengo entendido que la facultad rescató algunos órganos de Maya, como material didáctico, tal vez algo se conserva en el museo escolar.

En esa época yo no tenía ningún nexo formal con Veterinaria, no participé directamente en la necropsia; asistí aquel día como representante del circo para aportar los datos necesarios y me quedé como observador. No recuerdo a tu grupo de jóvenes y en realidad a nadie en especial, fue una experiencia rara, por decirlo de alguna manera, no cómoda, sobre todo por el equipo de profesores que la realizaron, para quienes, por mi edad e inexperiencia, pasé desapercibido; con el agregado de que nunca han sido bien vistos en la academia los veterinarios que trabajan para los circos. Tengo entendido que la necropsia se realizó en sábado para que hubiera la menor cantidad posible de espectadores. ¡Qué ironía! Aquello fue más de lo previsto e inclusive contó con la presencia de tu grupo de estudiantes de secundaria como animador público. Se trató de un evento tan inusitado como raro, inclusive para la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia. Si lo pienso ahora –concluye Luis–, la necropsia fue todo un circo, así que el elefante, hasta la muerte, participó en el espectáculo, buena despedida.

Coletilla: las inquietudes de aquellos niños de 1973 me llevaron a un tanteo experimental freinetista, largo, profundo e inacabado que por el momento dejo en santa paz. ¿Quién se anima a darle continuidad?

¡Elevemos la mirada de la educación!

* Profesor en la UNAM

jimenezmyt@gmail.com

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